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La voz interior de nuestros hijos es el alimento más importante que le damos.

Desde que soy mamá, he aprendido que nuestros hijos no solo escuchan lo que les decimos; muchas veces terminan creyendo lo que repetimos.


Las palabras que escuchan en casa, poco a poco, van formando esa voz interior que los acompaña cuando no estamos cerca. Esa voz que les dice si pueden intentarlo otra vez, si valen, si son capaces, si pueden pedir perdón, si pueden equivocarse y volver a empezar.


Por eso, lo que decimos importa. Y no lo digo desde la perfección, porque todas hemos tenido días en los que contestamos rápido, levantamos la voz o decimos algo que después quisiéramos recoger. Lo importante no es hacerlo perfecto. Lo importante es estar conscientes, reparar cuando haga falta y volver a intentarlo.


Nuestros hijos necesitan escuchar palabras que construyan. Palabras que les den

seguridad, dirección y confianza. No se trata de celebrarles todo ni de evitar corregir.


Se trata de corregir sin romper, de poner límites sin humillar y de hablarles de una

forma que puedan llevar dentro cuando crezcan.


A veces una frase sencilla puede quedarse para siempre: “yo confío en ti”, “puedes intentarlo otra vez”, “te equivocaste, pero puedes repararlo”, “estoy aquí”, “eres capaz”. También debemos cuidar lo que repetimos cuando estamos cansadas, porque muchas veces esa voz que usamos en los momentos difíciles se convierte en la voz que ellos usan consigo mismos.


Criar también es sembrar palabras. Y esas palabras, con el tiempo, se convierten en seguridad, carácter y hogar.


Nuestros hijos no necesitan madres perfectas. Necesitan madres dispuestas a hablar con más conciencia, pedir perdón cuando haga falta y construir, día a día, una voz interior que les recuerde quiénes son.


Acostumbremos que es normal equivocarnos, estamos aprendiendo a ser mamás pero equivocarnos trae sus consecuencias y una de las consecuencias más hermosas que le podemos modelar a nuestros hijos el pedir perdón.


Siempre lo he dicho y lo repito no hay mejor legado que dejarles a nuestros hijos que el arte de disculparnos y recomenzar.


La herramienta más poderosa. ¡Ya verás! ¡Voy a ti mama!

 
 
 

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